XXI
Necesitaba
hablar con un amigo autor, y entré en un teatro de género chico.
En
las butacas me encontré con Paquito Ledesma.
—
¿No sabe usted? — me dijo radiante de júbilo —: por fin conseguí el dos
reales, certificado rojo, busto Isabel Segunda, año cincuenta y uno que
tenía Fifí; vendieron todo, ya sabrá usted, hasta la colección de sellos.. .
¿Ha visto usted la nueva serie de las cajas de cerillas? Aguas fuertes de Goya.
¿Usted no hace colección de nada?
—
Sí; de postes telegráficos.
—
Pero eso le ocupará mucho sitio...
—
No, porque los dejo en el mismo lugar en que están colocados; cuando voy de
viaje me asomo á la ventanilla del tren y me entretengo en ver la colección —
le contesté; y me fui al escenario.
Se
representaba una revista en la cual sus autores habían derrochado el ingenio.
Figuraba una tienda de comestibles nacionales y ultramarinos personificados,
cantados y bailados. La canela estaba representada por un coro de negros.
Uno de éstos, al verme entrar, vino corriendo á saludarme. No le reconocí.
—
Deseo que me haga usted un favor — me dijo, después de pedirme un cigarrillo.
—
Usted dirá.
—
Que le hable usted al autor de la obra que estamos ensayando, á ver si puede
darme un papelito y sacarme del coro.
No
tengo inconveniente; pero usted, ¿quién es?
—
¿No me conoce usted?
—
¿Cómo quiere usted que le conozca con la cara pintarrajeada de esa manera?
—
Tiene usted razón.
Y
me dijo su nombre y apellidos: Loló de Tinto de Subirats.
FIN


