XV
Unos
veinticuatro personajes históricos se reunieron aquella noche en casa de las de
Tinto, y no hubo más porque se convino en que sólo se disfrazasen los hombres
solteros.
Todos se presentaron con trajes flamantes y hechos exprofeso, salvo un Vasco de Gama que ya había cantado en provincias, un Felipe el Hermoso de la sastrería de teatros de la viuda de Vila, y un Cúchares que era el propio Loló, vestido con el traje de luces del Mamauvas Chico, gran amigóte suyo. Otro joven elegante y de escasos recursos se presentó de guerrero japonés del siglo XVII, aprovechando una armadura que á su abuelo le regalaron en Filipinas. El traje era económico y auténtico, pero molesto en extremo. Estaba formado de pesados trozos de cuero con hierro; era el casco pesado armatoste, entre esfera de escafandra y cimborrio de campanario, y el aspecto del conjunto más tenía de caparazón de langosta cruda que de vestimenta humana. Seguramente que el centro de gravedad de todo aquello debía de estar muy por encima del centro de figura, pues la portera y el cochero tuvieron que ayudarle á subir las escaleras para que no las rodase, y una vez arriba hubo necesidad de sentarle, acuñado en un rincón de la sala, donde se pasó la noche inmóvil como una esfinge.
Hubo
su Napoleón Bonaparte, un Dante, un César y algún Bruto que otro.
Dalmau
se presentó de Guttenberg, quizá por parecerle este traje el más sencillo y
menos ridículo; y Quico con traje griego antiguo, y caracterizado de modo que
aseguraba parecerse á Pitágoras como una gota á otra gota de agua, pues el
retrato de aquel ilustre matemático se conservaba en un bajorrelieve en Samos,
y de él tenía copia un escultor amigo suyo.
Preguntaron
á Pitágoras por su famosa tabla; Quico creyó llegado el momento de hacer alguna
de las suyas, y salió hacia la cocina en busca de la tabla de planchar, la que
hubiese traído á la sala á no impedirlo el Mamauvas Chico, que
sintiéndose guapo con el traje de luces, amenazó á Pitágoras con romperle la tabla
en la cabeza si tal chacota se permitía.
Lelé
no podía estar descontenta. Dentro de los límites posibles en ella, y medios
con que contaba, la fiesta merecía calificarse de distinguida y de buen gusto.
Todas las chicas estaban elegantemente ataviadas; los invitados, pictóricos de
contento; hasta la mademoiselle Paulita, triste de continuo, aquella
noche tenía en su mirada las alegrías tranquilas de un amanecer de primavera.
Fué, en resumen, una bonita fiesta, á la que dió gran realce y placidez la
falta de San Roque con sus berridos.
El
té se sirvió en dos tandas, porque el comedor era incapaz para todos á la vez.
Dalmau había formado parte de la primera. Durante la segunda, comentóse en el
comedor el buen gusto del ingeniero al escoger por personaje al inventor de la imprenta.
Quico opinó que Dalmau estaba en carácter, pues, además de agrónomo, era un
excelente impresor; y contó que, en aquel mismo instante, estaba Guttenberg en
el gabinete, imprimiendo, en francés, una nueva edición de los amores de Fausto
y Margarita, siendo la mademoiselle la encargada de corregir las
pruebas. Bien se transparentaba con esto que Quico había visto á Dalmau hablando
melosamente con Paulita.
Dalmau
no había ido á casa de las de Tinto atraído por la belleza de Paulita; pero
sucedió que, en la tarde del famoso Koeng-Klau Quico hubo de contar al
ingeniero lo del estanco y la situación angustiosa á que había venido á parar
la familia de la institutriz, que no era de Chalons-sur-Marne, como
decía Lelé, sino de Toledo sur Tajo. Esto interesó vivamente á Dalmau y
fué á comprar gran cantidad de sellos al estanco aquel del barrio de Pozas, de donde
salió, como yo salí, imaginativo y triste mente impresionado, y como era hombre
enemigo de rodeos, vestido de Guttenberg se acercó á Paulita y así le dijo, á
quemarropa:
—
Me inspira usted una simpatía grandísima. ¿Quiere usted ser mi esposa?
Escopetazo
tan inesperado produjo en ella un temblor que la obligó á sentarse. A su lado
sentóse Dalmau y empezaron los primeros escarceos de amor.
Lelé
y Fifí sorprendieron en la feliz pareja la actitud y expresión propias de aquel
momento, y comprendieron que habían perdido el pleito.
Aquello
era inconcebible. ¡Una de Tinto y de Subirats pospuesta á una estanquera!
Y
Quico, de grupo en grupo, ponderando las ventajas de los abonos minerales en las
plantaciones de tabaco, con otros donaires alusivos á la reciente entente
cordiale entre el agrónomo y la hija de la. estanquera.
Fifí
corrió á su cuarto á llorar otra vez su infortunio.
Abajo,
en la portería, tiritando de frío, esperaba Edilberto á su hermana Paulita para
acompañarla á casa en terminando la fiesta.
Dalmau
esperó á Paulita en la calle y fué presentado á Edilberto.
—
La señora, hecha un basilisco, me ha dicho que no vuelva más — dijo Paulita.
—
Mejor; yo también me despido para siempre — contestó Dalmau.
Y
los tres se fueron andando hacia el barrio de Pozas, al otro extremo de Madrid;
pero á Paulita y al ingeniero se les hizo muy corto el trayecto.
—
No te importe — decía Lelé á su hija — ¿Qué es Dalmau, después de lodo? Un femater
ilustrado; estás de enhorabuena; un hombre así no merece sino lo que ha
escogido: una tendera.



