XI
—
Mira, Fifí: carta del general.
—
¿Qué dice?
—
Que siente muchísimo nuestro desaire á Dalmau, y lo califica de gran ligereza,
pues dice que es un hombre de muchísimo talento, ingeniero agrónomo, muy rico,
de brillante porvenir y perteneciente á una de las más distinguidas familias de
Figueras.
—
El majadero de Quico tuvo la culpa.
—
Hay que volver las amistades con Dalmau; el pobrecillo estaba enamorado de ti.
.. y como proporción, no creo que encuentres otra mejor, porque ya no es ningún
niño; es de los dedicados á estudios científicos, y ya te dije que esos se
vienen á la mano á las primeras de cambio.
—
Sí; pero eso de los abonos...
—
Son abonos minerales, cosas de droguería; si fuesen abonos naturales, ni que se
tratase de un archimillonario lo consentiría. En ese terreno ya sabes que soy
intransigente; y siendo tan rico como tu padre dice, una vez casada, fácil te
será convencerle para que cierre el establecimiento y vivir en grande sin que
nadie pueda motejaros de tenderos.
—
El caso es que lo hecho ya no tiene compostura.
—
¿No ha de tenerla? Loló desempeñará la comisión.
Aunque
el futuro caballerizo protestó del desairado papel que se le confería, al fin
lo aceptó contento y fué á visitar á Dalmau, á cambio de que Lelé le comprase,
por tal servicio, unos guantes de punto de lana, blancos, que era la última
aquellos días.
Fué
Loló más allá de la estación del Mediodía, donde Jaime Dalmau tenía sus
almacenes y laboratorio, y en éste se encontró al ingeniero analizando un
fosfato.
Gran
sorpresa recibió Dalmau al ver á Loló; no fué menor la de éste al encontrarse
al pretendiente de su hermana vestido de larga blusa, anchas botazas de cuero y
gorra de obrero, soplando en una hornilla y añadiendo carbones á dedo como la
más zafia cocinera.
—Me permitirá que continúe — dijo Dalmau—; es operación que no puedo suspender; mientras tanto, sepa yo á qué debo el honor de ver á usted por aquí.
—
Vengo de parte de mamá á devolverle su visita, pidiéndole nos dispense si lo
hemos retardado por causas ajenas á nuestra voluntad, y á expresar á usted lo
mucho que hemos sentido no haberle visto por casa los últimos miércoles.
Jaime
expuso, en pocas palabras, su resentimiento.
Loló
trató de convencerle de que el motivo era infundado, y puso su palabra de honor
como garantía de que no hubo desvío ni desaire por parte de su mamá y hermana
si dejaron de saludarle, sino efecto de óptica, pues ambas hacían de los impertinentes
un uso innecesario que ya les había proporcionado algún otro disgusto de la
misma índole. Y acabó con miles de protestas de aprecio y sincera amistad.
Dalmau
se dió, ó hizo que se daba, por convencido y satisfecho, y para no insistir en
tan enojoso asunto, derivó la conversación hacia las excelencias de sus abonos,
al nitro del Perú, al fosfato tribásico de Logrosán, á los fósiles de Bélgica y
á los coprolitos de Inglaterra, y explicó á Loló cuáles eran los abonos que
contenían nitrógeno más fácilmente asimilable á las tierras, con las
combinaciones químicas que se producían; por más que Loló tenía más aptitudes
para asimilarse los abonos mismos que la teoría de ellos.
Terminado
el análisis, Dalmau le enseñó los almacenes abarrotados de sacos, que no olían
á opoponax precisamente, pues los había que contenían sangre en polvo, despojos
de matadero, secos, pezuñas y cuernos tostados y pulverizados, residuos de
fábricas de salazón de pescado y muchas inmundicias más, nitrogenadas
naturalmente.
La
entrada de un pardillo del valle de Esgueva puso término á la visita, y Loló
volvió á su casa, considerando por el camino cuán grande era la desgracia de
Dalmau al verse obligado á manipular materias tan prosaicas y á tratar mano á
mano con aquellos destripaterrones; y decidió no decir á su mamá y hermana
palabra de lo que había visto, y mucho menos de lo que había olido; no fueran
aquellas emanaciones nitrogenadas á dar al traste con la probable boda; pues, á
pesar de su ignorancia supina, Loló presentía la evolución de la materia y la
transformación de los abonos en billetes de Banco.



