XIV
Dalmau
fué á visitar nuevamente á Lelé. Volvió á esperar un cuarto de hora en la sala
y á ser disecado por madre é hija desde el observatorio. Vestía levita inglesa
irreprochable, corbata al desgaire con alfiler puesto de cualquier modo, pero
corbata y alfiler que hubiesen hecho la felicidad de Loló.
Lelé
y Fifí, antes de salir á la visita, pasaron por el recibidor á fisgar el abrigo
que Dalmau había dejado en el perchero.
Estaba
forrado de pieles; superior. ¡Dos mil pesetas!
—
¿Pero en qué cabeza cabe? Por Dios, amigo Dalmau, con lo que en esta casa se le
aprecia y lo mucho que el general nos lo tiene á usted recomendado; no sabe
usted el disgusto que pasamos cuando nos contó Loló el por qué no había usted vuelto;
no le digo más sino que Fifí se puso mala del disgusto.
Estas
explicaciones debieron de convencer á Dalmau, que acabó por pedir mil perdones por
su equivocación.
Continuó
el ingeniero tratando á las de Tinto, y el día del cumpleaños de Fifí envió á
ésta una artística corbeille que, dada la estación, debió costarle bastante.
Las
amistades de la casa ya habían empezado á felicitar á Fifí por su suerte; ella
aceptaba las felicitaciones con el consiguiente esponjamiento, y madre é hija
habían vuelto á estudiar los escaparates de confecciones para ir planeando el
equipo.
Pero
el demontre del agrónomo llevaba tres ó cuatro meses visitándolas y buscándolas
en paseo, sin hacer declaración en regla á Fifí. De nada servían las diarias
lecciones de la madre. La chica procuraba colocar á Dalmau en el disparadero; como
si no. Le hablaba de lo que se habría dejado en Figueras, y él aseguraba
no haberse dejado sino á su anciano padre. Llegó á preguntarle su opinión
acerca del amor, y Dalmau se extendió en filosofías; llamó al amor afinidad
electiva, y lo equiparó á la afinidad química, con otros conceptos tan
profundos que, para Fifí, resultaba lenguaje persa, y no sabía explicar á su
madre lo que el ingeniero le había dicho.
—
Dile que te ponga unos versos en el abanico; puede que así se claree, y
hostígale añadiendo que los versos te gustan muy expresivos, á ver por dónde
sale.
Dalmau
no había hecho versos jamás, y no era el almacén de abonos el lugar más
apropiado para inspirarse; así fué que el hombre, á trancas y á barrancas, puso
en el abanico la pedestrería siguiente:
Jugar con el abanico
es costumbre en la mujer,
y que al suelo se le caiga
es muy frecuente también.
Fifí, que así le suceda
mucho lo celebraré,
porque así habré conseguido
estar á los pies de usted.
DALMAU.
—
¡Vaya, vaya! — dijo ya impaciente Lelé —, ese tío sabe más que Briján, y es
preciso herrar ó quitar el banco.
Y
concedióle de plazo hasta el día del baile de personajes.
Me
olvidé decir que la de Ledesma había dado un baile de trajes, y Lelé, para no
quedar debajo, decidió dar otro, de trajes también, pero representando un
personaje histórico cada uno. Esto no podía ser costoso, pues el gasto corría á
cargo de los invitados, y respecto al obsequio, el té era cosa socorrida y
estirable mientras corriera el Lozoya.
Como
remate de la fiesta, propuso Quico que se bailase el Koeng-Klau, baile,
según él, peculiar de los salvajes antropófagos de Africa, pero de alta
elegancia, pues ya se empezaba á bailar entre los soberanos de Europa; y como á
él se lo había enseñado un portugués del consulado, explorador de países
desconocidos, Quico se prestó á enseñarlo y dirigirlo y, por si había duda,
sentóse al piano y largó una tocata entre tango y zapateado, asegurando ser
aquel el ritmo del Koeng-Klau.
Hallazgo de perlas parecióle á Lelé lo del baile salvaje, y en la tarde de un miércoles se verificó el primer ensayo. Pero Dalmau, pareja obligada de Fifí, escamado, como buen catalán, de que Quico pudiera tomarles el pelo, se negó á hacer aquellas cabriolas y muecas, impropias, á su juicio, de personas serias y sivilisadas; por lo cual se desistió del Koeng-Klau hasta tanto no estuviese sancionado por la costumbre en los principales salones de Madrid.

