XX
Lelé,
Fifí y Loló aguantaron la visita del pariente, de igual manera que los niños
tragan una purga mientras el papá les muestra una moneda para comprarles el
juguete deseado.
La
visita fué muy breve; tanto, que Romualdo no quiso ni sentarse. No mostró
resentimiento; pero, serio y digno, pronunció las palabras estrictamente
necesarias para hacer saber que, por la memoria de su difunto hermano, pagaría los
gastos iniciales del estanco con su propia mano, pero que de ningún modo les
entregaría el dinero en pasta, no fuese á hacer el demonio que se quedase en el
escaparate de alguna modista de sombreros.
Y
dicho esto, tomó la puerta sin hacerles la menor demostración de cariño.
Él
mismo depositó la fianza, compró mostrador y anaquelería al estanquero dimisionario
y pagó el importe de la primera saca, y una vez convenido con Dalmau acerca de
la ampliación de su industria, tomó el tren de vuelta, sin despedirse de sus
parientes, por los que sólo sentía un desprecio atenuado por la lástima.
Las
de Tinto de Subirais fueron estanqueras vergonzantes.
Pero
si un administrador era un Dimas, el otro resultaba un Gestas, y el negocio era
ilusorio en manos mercenarias.
Finalmente, se convencieron de que no había otro remedio sino vivir en su hacienda y vigilarla, y tomaron una mujer que despachara, mientras Lelé, ojo avizor, estaría á su inmediación sin ser vista del público.
En
aquel estanco del barrio de Pozas, detrás de la cortina en que vi aparecer á
Paulita, tienen ustedes á las que fueron las muy empingorotadas y muy sopladas
señora y señorita de Tinto y de Subirats; pero no se lo digan ustedes á nadie.
Allá,
en el valle del Esgueva, tienen ustedes á Romualdo Pérez, feliz y orgulloso de
haber educado á sus hijos en el amor al trabajo, henchido de satisfacción al
mirar todo aquello que él había realizado.
Y
con un solo brazo.


