XIX
El
general había fallecido víctima de aguda y rápida enfermedad, rodeado de
su ayudante.
Su
esposa é hijos no dejaron de llorarle, pues Gugú había sido muy bueno, tal vez
demasiado.
Según
dijo el médico á Loló, el general había muerto de la misma dolencia que Enrique
III de Inglaterra, lo cual consoló bastante á Lelé y á Fifí, y de ello se
charolearon con las visitas que fueron á darles el pésame.
Muy
aciago fué para Lelé el día en que se presentó en su casa el habilitado con la
primera nómina de la viudedad.
La
irrefutable y tremenda lógica de los números le demostraron lo precario de su
situación.
Le
correspondían 1.650 pesetas anuales.
La papeletita demostrativa de la cuenta, rezaba como sigue:
|
Haber
mensual, pesetas ..................... |
137,50 |
|
Descuento
del 16 por 100.....22,00 Habilitado,
1 por 100 ........1,38 Sello.........................0,10 |
23,48 |
|
Líquido
á percibir.......................... |
114,02 |
De
lo cual aun hubo que deducir una peseta con diez céntimos, importe de la fe de
vida, quedando un resto de 112 pesetas con 92 céntimos.
Esta
era la cantidad mensual con que tenía que sostener su pasado esplendor la
familia de los Tinto y los Subirats.
Inmediatamente
se mudaron á un pisito, casi en los suburbios de Madrid. Así y todo les costaba
37'50 mes.
Tomaron
una criada para todo; una zafia lugareña que cobraba diez pesetas mensuales y
no se veía harta de pan.
Quedaban
65 pesetas con 42 céntimos para vestirse Lelé, Fifí y Loló, gastos de la casa y
comer cuatro personas. ¡En Madrid!
Si
dividen ustedes esa cantidad por los treinta días del mes, verán que
corresponde á dos pesetas con 18 céntimos diarios.
Menos
que un albañil; mucho menos, pues la mujer y la hija del albañil saben coser y
zurcir, cosa que jamás hicieron Lelé y Pdfí.
Por
eso fueron desapareciendo de la casa los objetos, ropas y muebles de algún
valor, y no era Loló quien menos ayudaba á enajenar las cosas, para sufragar
sus menudos gastos. Cuando no supo de qué echar mano, agarró los cuadros con
los escudos de los Tinto y de los Subirats y se los vendió, por una futesa, al
guardarropa de un teatro.
Lo
del cargo de caballerizo para Loló quedó en pesadilla irrealizable.
Pensó
en lo que todos los nescientes, en un destino; mas, á pesar de las buenas
relaciones de Lelé, Loló se quedó sin credencial, porque para ser empleado en
un Ministerio hay que saber escribir, por lo menos, y en cuanto á los destinos «figurados»,
en los cuales no hay que pisar la oficina, esos se han hecho para los parientes
de altos personajes ó para subvencionar á periodistas atrevidos.
No
había que pensar en los destinos «figurados » en Ayuntamiento y Diputación;
esos son de la absorción exclusiva de concejales y diputados provinciales.
También pasó por su mente vender su alma al diablo, ó lo que viene á ser lo
mismo, tomó nota de las viejas casaderas adineradas, con intención de hacerles
el amor, por orden de fortuna, y llevar á la iglesia á la primera que le aceptase
por marido. Esto era una solución; entre tantas, alguna habría rabiosa por
expulsar de su cuerpo los malos espíritus; mas se convenció de que tampoco
colgaban para él aquellas brevas; hoy eso de las feas ricas se cotiza muy alto,
y las más repugnantes viejas son solicitadas hasta por apuestos jóvenes con
carrera y brillante uniforme.
Era
gran conocedor de la sociedad madrileña, y sabía de modas lo que el mejor
sastre ó modisto; por lo tanto, bien podía solicitar una plaza de revistero de
salones en algún periódico. Tampoco pudo conseguirlo, pues si bien no se
necesita doctorado alguno para ser escritor del género eunuco, hace falta, por
lo menos, conocer la gramática elemental y el castellano, en todo lo cual Loló
estaba pez.
Ultimamente,
vino á su mente el teatro, y no andaba desacertado; si el teatro es copia fiel
de la vida, cuando tuviese que salir á escena un tipo en el cual se encarnara
la inutilidad, Loló alcanzaría un éxito delirante; además, que el heredero de
los Tinto de Subirats estaba acostumbrado á ponerse el frac, y para ser actor
en los tiempos actuales, esto equivale á mucho más que la nota de sobresaliente
por unanimidad en la clase de Declamación del Conservatorio.
Durante
dos años. Fifí y Lelé defendieron su cascarilla con el luto; terminado éste,
aparecieron las mal pergeñadas confecciones caseras, arreglos de pasados
esplendores, el quiero y no puedo, la cursilería, la mayor de las desgracias
para los que, al perder la posición, conservan los humos.
Después
de diligencias sin cuento, San Roque procuró á Lelé algo con que poder vivir.
Un
estanco.
Ellas
se negaron á aceptarlo. A madre é hija les quedaba tesón para morir de inopia
antes que ponerse detrás de un mostrador. Sin embargo, advirtióles San Roque que
podían aceptarlo sin necesidad de pasar por aquella depresión social, tomando
un representante ó administrador encargado del despacho; ellas podrían
continuar en su pisito, sin que nadie se enterase de si el estanco era de Lelé.
Y
así lo aceptaron.
¿Y
de dónde sacaban el dinero necesario para la fianza, hacer la primera
saca
y comprar mostrador, anaquelería y demás?
Entonces
se acordó Lelé de que allá, en el valle de Esgueva, existía un pardillo que,
con su trabajo y fuerza de voluntad, se había procurado medios de vida, y
habiéndose enterado que la industria de su cuñado iba en auge, le dirigió una carta
en la que le pedía prestada la cantidad necesaria para el estanco; pero
callando, por vergüenza, que para tal objeto fuese.
Aunque
Romualdo ya sabía por Dalmau los apuros de su cuñada, se negó á soltar un
céntimo de lo que tantos sudores y afanes le había costado ganar; pero fiel
observador de lo que al parentesco se debe, contestó invitando á su cuñada y
sobrinos á que dejasen la corte y viniesen al valle, de Esgueva, donde les
ofrecía compartir con ellos su modesta casa y frugal mesa, añadiendo, para
convencer á Lelé, algunas consideraciones encaminadas á demostrar lo peligrosa
que es la vida en Madrid para quien tiene una hija joven, bonita, acostumbrada al
boato, y sin medios para llenar sus más apremiantes necesidades.
La
lectura de esta contestación indignó á Lelé, que puso á su cuñado de estúpido y
grosero, hasta el rebose.
¡Ellas,
tan exquisitas, ir á vivir á un molino! Convertirse en unas palurdas y alternar
con gente de alpargata.
Sin
embargo, Lelé hubo de suspender su indignación mientras volvía á escribir al
manco, confiándole que la cantidad pedida no era para sostenimiento de lujos,
sino para los primeros gastos de un estanco que le ofrecían, pero rogando por Dios
y por todos los santos que guardase aquella confianza como secreto de
confesión.
—
Bueno, bueno — dijo Romualdo á su mujer así que terminaron de leer la carta —;
puesto que necesito ir á Madrid, de paso veré si es verdad todo eso; me extraña
que, con tantas pretensiones de aristócrata, hocique mi cuñada en un estanco.
Con
la dinamo de corriente continua no podía Romualdo atender á todos los pedidos
que de fluido tenía, y decidió cambiarla por otra de corriente alternativa y
mayor potencial, tomar en arrendamiento otro salto del Esgueva, montar otra dinamo
y dar luz á dos ó tres pueblecillos más.
Para
todo esto necesitaba conferenciar con Dalmau nuevamente, y volvió á Madrid con
sus alforjas remendadas, pero con algunos billetes de Banco entre forro y tela
del chaleco.
Se
hospedó en la misma posada que la vez anterior, posada muy humilde ya para la
posición que tenía; pero entendía Romualdo que el ser rico consistía en gastar
menos de lo que se gana.
