XII
Aquel
pardillo que entró en los almacenes de Dalmau, estando Loló, era manco y se
llamaba Romualdo; demasiado lo habrán comprendido los lectores.
Tío
y sobrino se vieron sin adivinarse, y muy natural que así sucediese, pues el
pardillo no llevaba el escudo de los Tinto bordado en las alforjas.
—
Me han dicho — empezó el forastero — que, además de los abonos minerales, tiene
usted la representación de algunas casas extranjeras, constructoras de toda
clase de material para instalaciones y fábricas de electricidad.
—
Así es, en efecto—, contestó Dalmau.
—
Pues bien; yo tengo un pequeño molino harinero, con el que, hoy por hoy, no
muelo ni un mal grano de trigo; pero me aseguró un señor de esos que andan por
ahí levantando planos, que con el salto de agua del molino, y gastándome unas
pesetas, podría mover una pequeña máquina eléctrica, de esas que llaman
dinamos, y dar luz á los tres pueblos inmediatos, Fombellida, Castroverde y Torre
de Esgueva, distantes del molino kilómetro y pico el que más. Usted me dirá si
eso puede ser.
— Vamos á verlo: por el caz del molino, ¿cuánta agua pasa por segundo?
—
Setecientos litros; de eso tengo seguridad.
—
Son 700 kilogramos. ¿De qué altura caen?
— De dos metros con 20 centímetros.
— Setecientos por 2 con 20, son 1.540 kilográmetros; los cuales, divididos por 75,
dan el número de «caballos» á que el salto de agua equivale, y con los cuales
ha de moverse la turbina, y ésta, á su vez, moverá la dinamo; pero la energía
disponible, al pasar del caz á la turbina y de ésta á la máquina eléctrica, irá
disminuyendo, de modo que dando 20 caballos el salto, la turbina dará 16 y el generador
eléctrico, 12.
—
Pues, hijo, diga usted que se matan más caballos que en una corrida.
—
Pues todavía queda otro toro por correr.
—
¿Cuál?
—
La línea; porque ha de saber usted que la corriente eléctrica, igual que una
corriente líquida, tiene sus filtraciones, lo mismo que los fondos de cualquier
Municipio; ¡conque ya puede usted dar la puntilla á tres caballos más!
—
Y nos quedan nueve caballos.
—
Suponiendo que emplee usted lámparas de «medio consumo», con cada caballo puede
encender 30 lámparas de 10 bujías.
—
Son 270 lámparas; las que necesito, precisamente, para los tres pueblos, por lo
que ya tengo hablado con los alcaldes y los vecinos.
—
Entonces, puede usted convertir el molino en fábrica de energía eléctrica, y
cantar victoria.
—
Cantar. . . cantar. . . Si usted me hiciera el favor de decirme lo que me podrá
costar, sobre poco más ó menos. . .
Jaime
sacó unos catálogos, tiró de lápiz y papel, y durante algunos minutos estuvo
haciendo números mientras Romualdo le dictaba algunos datos y le contemplaba
con veneración.
—
Aquí está el presupuesto — dijo Dalmau al terminarlo —: 10.700 pesetas es la
cantidad alzada que yo presupongo.
Romualdo tomó el papel, quedóse contemplándolo buen rato y dándole algunas
vueltas en silencio, hasta que le dijo el ingeniero:
—
¿Qué? ¿Le parece á usted mucho la cantidad presupuesta?
—
Al que nada tiene, todo le parece mucho; quiero decir con esto, que yo no
dispongo de un real — contestó Romualdo con gran tristeza.
—
Busque usted un socio capitalista.
—
A eso he venido á Madrid; a ver si podían hacer algo por mí los parientes que
tengo; pero mi hermano está en Figueras, y su familia se ha negado á recibirme,
porque son gente que presume, y yo. . ., yo no soy más que un pardillo, como decimos
allá por Valladolid; lo que haré es escribir á mi hermano el general Pérez
Tinto, á ver si quiere salir fiador de esa cantidad á que sube el presupuesto.
—
¿Usted es hermano del general Tinto?
—
Por parte de padre y madre. ¡Qué! ¿Le conoce usted?
—
¡Ya lo creo! Y trato mucho á su familia; ese joven que salía cuando usted
entró, es el hijo del general.
Entonces,
Romualdo contó á Jaime su desventurada historia, con el recibimiento que le
había hecho Lelé.
Nada
de esto extrañó el agrónomo, que se compadeció de aquel pobre hombre, sintiendo
por él tan viva simpatía como repulsión sintió de Fifí, Lelé y Loló, desde
aquel momento.
— No hace falta que escriba usted á su hermano — dijo Dalmau —; no tengo inconveniente en proporcionar á usted dinamo, hilo de cobre, aisladores de porcelana y demás material que se necesita para la instalación; yo me reintegraré del importe pagándome usted una cantidad mensual á contar desde medio año, después de estar funcionando la fábrica. Usted dirá si le conviene la proposición.
Romualdo
se quedó sin poder contestar, embargado por la alegría. De buena gana hubiese dado
un abrazo al ingeniero; pero, con un solo brazo, le pareció irreverencia.
Deshízose en frases de gratitud incoherentes y mal hilvanadas, pues para hablar
bien y con elocuencia precisa no sentir lo que se dice, y el hombre sentía muy
hondo agradecimiento en aquel instante.
Dalmau
quedó encargado de redactar el proyecto que había de entregarse al Gobernador
civil de la provincia, para ser cursado á la aprobación de Obras públicas, así
como de enviar á Valladolid todo el material necesario.

