XVII
Cuando Romualdo regresó de Madrid, llegó á su casa al anochecer, y así que hubo referido á su mujer y á sus hijos la buena nueva, hizo que le sacasen un pico y una barra de hierro, ÿ entre los cuatro, y á la luz de la luna, abrieron, cerca del molino, el hoyo para recibir el primer poste. Cuando calculó que tenía profundidad suficiente, exclamó Romualdo:
—
¡Ya está! Había ofrecido no entrar en casa sin haber empezado á construir la
línea, pues habéis de saber, hijos míos, que obra empezada vale tanto como
tenerla hecha en más de la mitad.
Al
siguiente día continuaron la tarea sin descanso. Había que ir adelantando
trabajo para cuando llegase el material de la línea.
El
hoyo para el primer poste estaba dispuesto en la jurisdicción del molino, pero
los demás tenían que abrirse en heredades ajenas, y para ello, aún no se había
resuelto el expediente de expropiación forzosa por utilidad pública; pero,
¿quién reparaba en eso? Romualdo fué visitando á los propietarios de los
terrenos, uno por uno, pidiendo protección y permiso para adelantar la faena;
después de todo, no pedía grandes gollerías: hacer un hoyo y tapar la boca con
un pedrusco hasta cuando el expediente estuviese resuelto; y como la mayoría de
los propietarios eran vecinos de los pueblos faltos de luz, y estaban
interesados en tenerla, todos accedieron a tan natural petición. Así es que,
cuando -el material llegó, ya estaban abiertos casi todos los hoyos.
Los
postes fueron adquiridos tres aquí, diez allá, comprados á los vecinos que
tenían luz pedida, su importe á descontar de las primeras mensualidades; así
resultaron los palos un tanto heterogéneos y, algunos, algo engarabatados y
poco en consonancia con lo que Dalmau escribiera en la Memoria descriptiva del
proyecto, pero servían para sostener los hilos de cobre á la altura debida, y
los inspectores del Gobierno no iban á ser tan chinchorreros y desconsiderados
que no se hiciesen cargo de la poca cuantía del negocio y de los afanes del laborioso
Romualdo.
Día
de gran júbilo fué aquel en que, por la carretera de Valladolid á Tortoles,
llegaron unos carros conduciendo la dinamo, rollos de alambre de cobre y demás
material y aparatos necesarios. Romualdo venía con ellos, de vanguardia,
triunfante.
Buen
golpe de vecinos le acompañaron desde la carretera al molino, ávidos de ver
todo aquello desempaquetado, especialmente la maravillosa máquina por medio de
la cual había de entrar agua en el molino y salir raudales de luz.
Mucha
fué su decepción. Esperaban ver una combinación de ruedas dentadas, más
complicada que la maquinaria del reloj de la iglesia de su pueblo, y se
encontraron ante un mazacote metálico, negro y sin más adorno que la
inscripción « Alioth ».
Todo
se desembaló y fué colocado en la nave grande del molino; pero, no de cualquier
modo y en montón, sino alineado y con orden, como tropas en gran parada. Los
aparatos medidores, amperómetro y vóltmetro, en el primer momento, fueron
colocados sobre la cama del matrimonio, hasta tanto se pensara detenidamente
cuál era el lugar mejor de la casa,
Al
día siguiente llegó de Valladolid el mecánico, bajo cuya dirección se había de
montar todo, sin contar con más operarios ayudantes que Romualdo y familia, los
cuales desarrollaron una actividad febril. Ellos taladraron los postes y
colocaron los aisladores en los ápices; entre los cuatro plantaron los palos, y
la mujer salió maestra en empalmar el alambre que los chicos sujetaron en lo
alto, trepando por los postes con agilidad de monos.
Había
escasez de medios, pero se improvisaban; la piedra, los dedos y hasta los
dientes actuaron de herramienta en más de una ocasión; aquello era el vértigo
del trabajo; era una familia desesperada que luchaba contra el hambre. La línea
aérea se iba alargando por momentos; ya faltaba poco para que aquellos tres
hilos de fuego llegaran á los pueblos y los encendieran.
—
¡Si yo tuviese el otro brazo, ya estaría la línea terminada! — decía Romualdo,
y empujaba el carretoncillo con el cual transportaban rollos, palomillas y
aisladores.
Mientras
tanto, el mecánico había dispuesto la dinamo, y un poco más allá, en la pared,
un tablero de mármol con los aparatos medidores de corriente y demás detalles
del cuadro de distribución esto es, el Sancta. Sanctorum de la
instalación, que Romualdo llamaba «el altar» y que aprendió á manejar en
seguida, así como el cuadro de resistencias, al cual llamaba «la tajadera»,
pues análogamente á la del caz, servía para enviar á la línea mayor ó menor
corriente.
Cuando
la línea estuvo terminada; cuando en el pueblo más lejano se hubo colocado la
última palomilla; cuando todos los abonados tuvieron las bombillas en los
soportes, Romualdo, su mujer y sus hijos eran cuatro espectros con las manos
destrozadas y las ropas hechas jirones.
Pero
eso, ¿qué importaba.? Si aquella misma noche, á las ocho en punto, se
inauguraba la fábrica.
Todo
estaba dispuesto al llegar el momento supremo.
Un
candil de aceite, de los de gancho, iluminaba el interior del molino.
Romualdo
fué á levantar la tajadera del caz. La turbina, parada desde hacía tantos años,
recobró la vida; zumbó el monstruo metálico generador de fluido, y sus dos
bombillas, los dos ojos del monstruo, se iluminaron; el amperómetro y el
vóltmetro del cuadro de distribución dieron una sacudida nerviosa y moviéronse
sus manecillas. La luz se había hecho.
—
Que sea enhorabuena — dijo el mecánico á Romualdo.
Pero
éste no se daba todavía por satisfecho; asaltóle la duda de si se habrían
encendido las lámparas de las calles y casas de los pueblos, pues no le cabía
en la cabeza que cuerpo tan duro y denso como el cobre pudiera, tan
rápidamente, ser atravesado por la electricidad; y salió corriendo por el campo
hasta ganar un pequeño altozano, desde donde vió los tres pueblos convertidos
en luciérnagas inmensas; quitóse la mugrienta boina y agitóla en el aire
mientras daba un alarido de loca alegría.
Neblinas
luminosas, auroras boreales coronaban los pueblos de Fombellida, Castroverde y Torre
de Esgueva.
Lo
que había soñado en la posada de Madrid era un hecho.
Volvió
al molino y abrazó á su familia y al mecánico, bendiciendo á Dalmau y la hora
en que pasó por aquellos contornos la sección del Instituto Geográfico.
Después
apagó el candil de aceite, y, presentándolo al mecánico, dijo:
— Esto, ya. . . para engrasar la dinamo.
