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Este blog está dedicado a D. PABLO PARELLADA MOLAS, alias "MELITÓN GONZÁLEZ". Porque... “EN CUESTIONES DE CRITERIO HUELGA TODA DISCUSIÓN; SIEMPRE TIENE LA RAZÓN EL QUE ESTÁ EN EL MINISTERIO”.

XVII. Lo que Romualdo Pérez Tinto había soñado en la posada de Madrid era ya un hecho.

 

XVII

Cuando Romualdo regresó de Madrid, llegó á su casa al anochecer, y así que hubo referido á su mujer y á sus hijos la buena nueva, hizo que le sacasen un pico y una barra de hierro, ÿ entre los cuatro, y á la luz de la luna, abrieron, cerca del molino, el hoyo para recibir el primer poste. Cuando calculó que tenía profundidad suficiente, exclamó Romualdo:

¡Ya está! Había ofrecido no entrar en casa sin haber empezado á construir la línea, pues habéis de saber, hijos míos, que obra empezada vale tanto como tenerla hecha en más de la mitad.

Al siguiente día continuaron la tarea sin descanso. Había que ir adelantando trabajo para cuando llegase el material de la línea.

El hoyo para el primer poste estaba dispuesto en la jurisdicción del molino, pero los demás tenían que abrirse en heredades ajenas, y para ello, aún no se había resuelto el expediente de expropiación forzosa por utilidad pública; pero, ¿quién reparaba en eso? Romualdo fué visitando á los propietarios de los terrenos, uno por uno, pidiendo protección y permiso para adelantar la faena; después de todo, no pedía grandes gollerías: hacer un hoyo y tapar la boca con un pedrusco hasta cuando el expediente estuviese resuelto; y como la mayoría de los propietarios eran vecinos de los pueblos faltos de luz, y estaban interesados en tenerla, todos accedieron a tan natural petición. Así es que, cuando -el material llegó, ya estaban abiertos casi todos los hoyos.

Los postes fueron adquiridos tres aquí, diez allá, comprados á los vecinos que tenían luz pedida, su importe á descontar de las primeras mensualidades; así resultaron los palos un tanto heterogéneos y, algunos, algo engarabatados y poco en consonancia con lo que Dalmau escribiera en la Memoria descriptiva del proyecto, pero servían para sostener los hilos de cobre á la altura debida, y los inspectores del Gobierno no iban á ser tan chinchorreros y desconsiderados que no se hiciesen cargo de la poca cuantía del negocio y de los afanes del laborioso Romualdo.

Día de gran júbilo fué aquel en que, por la carretera de Valladolid á Tortoles, llegaron unos carros conduciendo la dinamo, rollos de alambre de cobre y demás material y aparatos necesarios. Romualdo venía con ellos, de vanguardia, triunfante.

Buen golpe de vecinos le acompañaron desde la carretera al molino, ávidos de ver todo aquello desempaquetado, especialmente la maravillosa máquina por medio de la cual había de entrar agua en el molino y salir raudales de luz.

Mucha fué su decepción. Esperaban ver una combinación de ruedas dentadas, más complicada que la maquinaria del reloj de la iglesia de su pueblo, y se encontraron ante un mazacote metálico, negro y sin más adorno que la inscripción « Alioth ».

Todo se desembaló y fué colocado en la nave grande del molino; pero, no de cualquier modo y en montón, sino alineado y con orden, como tropas en gran parada. Los aparatos medidores, amperómetro y vóltmetro, en el primer momento, fueron colocados sobre la cama del matrimonio, hasta tanto se pensara detenidamente cuál era el lugar mejor de la casa,

Al día siguiente llegó de Valladolid el mecánico, bajo cuya dirección se había de montar todo, sin contar con más operarios ayudantes que Romualdo y familia, los cuales desarrollaron una actividad febril. Ellos taladraron los postes y colocaron los aisladores en los ápices; entre los cuatro plantaron los palos, y la mujer salió maestra en empalmar el alambre que los chicos sujetaron en lo alto, trepando por los postes con agilidad de monos.

Había escasez de medios, pero se improvisaban; la piedra, los dedos y hasta los dientes actuaron de herramienta en más de una ocasión; aquello era el vértigo del trabajo; era una familia desesperada que luchaba contra el hambre. La línea aérea se iba alargando por momentos; ya faltaba poco para que aquellos tres hilos de fuego llegaran á los pueblos y los encendieran.

¡Si yo tuviese el otro brazo, ya estaría la línea terminada! — decía Romualdo, y empujaba el carretoncillo con el cual transportaban rollos, palomillas y aisladores.

Mientras tanto, el mecánico había dispuesto la dinamo, y un poco más allá, en la pared, un tablero de mármol con los aparatos medidores de corriente y demás detalles del cuadro de distribución esto es, el Sancta. Sanctorum de la instalación, que Romualdo llamaba «el altar» y que aprendió á manejar en seguida, así como el cuadro de resistencias, al cual llamaba «la tajadera», pues análogamente á la del caz, servía para enviar á la línea mayor ó menor corriente.

Cuando la línea estuvo terminada; cuando en el pueblo más lejano se hubo colocado la última palomilla; cuando todos los abonados tuvieron las bombillas en los soportes, Romualdo, su mujer y sus hijos eran cuatro espectros con las manos destrozadas y las ropas hechas jirones.

Pero eso, ¿qué importaba.? Si aquella misma noche, á las ocho en punto, se inauguraba la fábrica.

Todo estaba dispuesto al llegar el momento supremo.

Un candil de aceite, de los de gancho, iluminaba el interior del molino.

Romualdo fué á levantar la tajadera del caz. La turbina, parada desde hacía tantos años, recobró la vida; zumbó el monstruo metálico generador de fluido, y sus dos bombillas, los dos ojos del monstruo, se iluminaron; el amperómetro y el vóltmetro del cuadro de distribución dieron una sacudida nerviosa y moviéronse sus manecillas. La luz se había hecho.

Que sea enhorabuena — dijo el mecánico á Romualdo.

Pero éste no se daba todavía por satisfecho; asaltóle la duda de si se habrían encendido las lámparas de las calles y casas de los pueblos, pues no le cabía en la cabeza que cuerpo tan duro y denso como el cobre pudiera, tan rápidamente, ser atravesado por la electricidad; y salió corriendo por el campo hasta ganar un pequeño altozano, desde donde vió los tres pueblos convertidos en luciérnagas inmensas; quitóse la mugrienta boina y agitóla en el aire mientras daba un alarido de loca alegría.

Neblinas luminosas, auroras boreales coronaban los pueblos de Fombellida, Castroverde y Torre de Esgueva.

Lo que había soñado en la posada de Madrid era un hecho.

Volvió al molino y abrazó á su familia y al mecánico, bendiciendo á Dalmau y la hora en que pasó por aquellos contornos la sección del Instituto Geográfico.

Después apagó el candil de aceite, y, presentándolo al mecánico, dijo:

Esto, ya. . . para engrasar la dinamo.