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Este blog está dedicado a D. PABLO PARELLADA MOLAS, alias "MELITÓN GONZÁLEZ". Porque... “EN CUESTIONES DE CRITERIO HUELGA TODA DISCUSIÓN; SIEMPRE TIENE LA RAZÓN EL QUE ESTÁ EN EL MINISTERIO”.

X. Se presenta Romualdo Pérez Tinto.

 


X

Romualdo, el pardillo del valle de Esgueva, había hecho el firme propósito de morir de inanición antes que vender ó hipotecar el molino. Sus dos hijos, ya mayores, ganaban un pequeño jornal donde y cuando podían; la mujer lavaba ó cosía para fuera de casa, y Romualdo hurgaba por las orillas del Esgueva en busca de cangrejos, y era su distracción única limpiar la vetusta maquinaria del molino y contemplarla grandes ratos como á un hijo enfermo durante largo tiempo, pero del cual no se ha perdido la esperanza de salvarle.

En esta disposición se encontraba una tarde cuando oyó que en el exterior preguntaban á su mujer por el nombre del molino. Salió á la puerta. El que preguntaba era un joven enteco, con lentes, acompañado de algunos hombres portadores de banderolas, miras, trípodes y algunas cajas con aparatos topográficos. Era una sección del Instituto Geográfico encargada de levantar el plano de aquellos contornos.

El joven, con sus acompañantes, entró en el molino á beber agua y estuvo hablando largo rato con Romualdo. Lo que hablaron, más adelante se sabrá; por ahora basta decir que, desde aquel momento, la esperanza renació en Romualdo; fuese á Fombellida y, por primera vez, buscó quien le prestase unas pesetas poniendo su molino por garantía, y marchó á Madrid en un tren carreta, sin más equipaje que las clásicas alforjas, ni otras vituallas para el viaje que unos huevos duros, cangrejos cocidos y una hogaza.

Al llegar á la corte, su primera preocupación fué dar un abrazo á su hermano, al cual creía en Madrid, y ver á su cuñada y sobrinos, que aún no conocía; así es que desde la estación del Norte echó á andar hacia el barrio de Salamanca, llegó al final de la calle de Serrano; en el número donde hacía dos años y pico había dirigido las cartas á su hermano, preguntó por el general Pérez, contestándole en la portería que ni conocían á ese general ni en aquella casa habitó Pérez alguno desde que fué construida.

El hombre volvió hacia la Puerta del Sol; preguntó por el general Pérez á cuantos soldados encontraba al paso, á los de Orden público y á los oficiales, sin que nadie le diese razón, hasta que un guardia civil le aconsejó que fuese al Ministerio de la Guerra, donde podrían enterarle.

Así lo hizo, dispuesto á entendérselas con el propio ministro antes que acostarse aquel día sin abrazar á su hermano y conocer á su cuñada y sobrinos.

En el Ministerio supo, con gran desconsuelo, que su hermano estaba en Figueras, y uno de los escribientes le dió las señas del domicilio de la generala, hacia donde se dirigió atravesando Madrid de parte á parte por segunda vez.

Jadeante y despeado llegó á casa de su augusta cuñada.

Era un miércoles; Lelé recibía en corte y estaba jugando á los aristócratas con algunas familias amigas, cuando la doncella entró en la sala, y coram populo, con una indiscreción adorable, dijo:

Señora: un tío paleto, manco y con alforjas dice que es hermano del general y quiere ver á ustedes. ¿Dónde le paso?

Un tiro no le hubiese producido á Lelé peor efecto.

¡A ninguna parte! — gritó —. El general no tiene ningún hermano; le dice usted que viene equivocado; que vaya bendito de Dios, y cierre usted la puerta.

Así lo hizo la doncella.

Romualdo creyó de buena fe que allí no vivía su cuñada; pero la portera, que había tomado ojeriza á las de Tinto por su.s muchos humos y postines, le enteró de que si no habían querido recibirle era porque se avergonzaban de estar emparentadas con uno de su pelaje, y añadió que, á dar con ella, había de volver á subir, tirar la puerta de dos patadas, y delante de las visitas poner á doña Lelé como hoja de perejil.

No cabía en la mente del provinciano acción tan villana, y contra la afirmación de la portera, sostuvo que aquélla no podía ser la familia del general Pérez; mas la mujer, por sincerarse, llamó en su auxilio á Quico, que en aquel momento entraba, y éste corroboró que allí vivía la familia del general don Gumersindo Pérez de Tinto; que la señora se llamaba Leonor, la chica Filomena y el chico Lorenzo.

Los mismos — exclamó Romualdo.

Como que tiene usted la misma cara que don Gumersindo — dijo Quico.

Como que es una saliva del general — añadió la portera —; no hay más que verlo para sacar la parentela; pero ellas lo han negado por no recibirlo, porque lo repugnan á usted.

Quico se dió cuenta de lo sucedido, y concibió en seguida la diabólica idea de hacer subir otra vez al provinciano y gozarse ante los apuros de Lelé y Fifí.

Usted sube ahora mismo conmigo, y yo le presento; traiga las alforjas, que yo entraré con ellas. . .

No, señor, no — contestó serio y digno Romualdo —, no quiero que se avergüencen de tener un pariente pobre; lo que sí agradeceré á ustedes es que digan á mi cuñada que no venía á pedirle nada.

Y salió en busca de posada, enjugándose una lágrima con el dorso de su mano única.