X
Romualdo,
el pardillo del valle de Esgueva, había hecho el firme propósito de morir de
inanición antes que vender ó hipotecar el molino. Sus dos hijos, ya mayores,
ganaban un pequeño jornal donde y cuando podían; la mujer lavaba ó cosía para
fuera de casa, y Romualdo hurgaba por las orillas del Esgueva en busca de
cangrejos, y era su distracción única limpiar la vetusta maquinaria del molino
y contemplarla grandes ratos como á un hijo enfermo durante largo tiempo, pero
del cual no se ha perdido la esperanza de salvarle.
En
esta disposición se encontraba una tarde cuando oyó que en el exterior preguntaban
á su mujer por el nombre del molino. Salió á la puerta. El que preguntaba era
un joven enteco, con lentes, acompañado de algunos hombres portadores de
banderolas, miras, trípodes y algunas cajas con aparatos topográficos. Era una
sección del Instituto Geográfico encargada de levantar el plano de aquellos
contornos.
El
joven, con sus acompañantes, entró en el molino á beber agua y estuvo hablando
largo rato con Romualdo. Lo que hablaron, más adelante se sabrá; por ahora
basta decir que, desde aquel momento, la esperanza renació en Romualdo; fuese á
Fombellida y, por primera vez, buscó quien le prestase unas pesetas poniendo su
molino por garantía, y marchó á Madrid en un tren carreta, sin más equipaje que
las clásicas alforjas, ni otras vituallas para el viaje que unos huevos duros,
cangrejos cocidos y una hogaza.
Al
llegar á la corte, su primera preocupación fué dar un abrazo á su hermano, al
cual creía en Madrid, y ver á su cuñada y sobrinos, que aún no conocía; así es
que desde la estación del Norte echó á andar hacia el barrio de Salamanca,
llegó al final de la calle de Serrano; en el número donde hacía dos años y pico
había dirigido las cartas á su hermano, preguntó por el general Pérez,
contestándole en la portería que ni conocían á ese general ni en aquella casa habitó
Pérez alguno desde que fué construida.
El
hombre volvió hacia la Puerta del Sol; preguntó por el general Pérez á cuantos
soldados encontraba al paso, á los de Orden público y á los oficiales, sin que nadie
le diese razón, hasta que un guardia civil le aconsejó que fuese al Ministerio
de la Guerra, donde podrían enterarle.
Así
lo hizo, dispuesto á entendérselas con el propio ministro antes que acostarse
aquel día sin abrazar á su hermano y conocer á su cuñada y sobrinos.
En
el Ministerio supo, con gran desconsuelo, que su hermano estaba en Figueras, y
uno de los escribientes le dió las señas del domicilio de la generala, hacia
donde se dirigió atravesando Madrid de parte á parte por segunda vez.
Jadeante
y despeado llegó á casa de su augusta cuñada.
Era
un miércoles; Lelé recibía en corte y estaba jugando á los aristócratas con
algunas familias amigas, cuando la doncella entró en la sala, y coram populo, con una
indiscreción adorable, dijo:
—
Señora: un tío paleto, manco y con alforjas dice que es hermano del general y
quiere ver á ustedes. ¿Dónde le paso?
Un
tiro no le hubiese producido á Lelé peor efecto.
—
¡A ninguna parte! — gritó —. El general no tiene ningún hermano; le dice usted que
viene equivocado; que vaya bendito de Dios, y cierre usted la puerta.
Así
lo hizo la doncella.
Romualdo
creyó de buena fe que allí no vivía su cuñada; pero la portera, que había
tomado ojeriza á las de Tinto por su.s muchos humos y postines, le enteró de
que si no habían querido recibirle era porque se avergonzaban de estar
emparentadas con uno de su pelaje, y añadió que, á dar con ella, había de
volver á subir, tirar la puerta de dos patadas, y delante de las visitas poner
á doña Lelé como hoja de perejil.
No
cabía en la mente del provinciano acción tan villana, y contra la afirmación de
la portera, sostuvo que aquélla no podía ser la familia del general Pérez; mas
la mujer, por sincerarse, llamó en su auxilio á Quico, que en aquel momento
entraba, y éste corroboró que allí vivía la familia del general don Gumersindo
Pérez de Tinto; que la señora se llamaba Leonor, la chica Filomena y el chico
Lorenzo.
—
Los mismos — exclamó Romualdo.
—
Como que tiene usted la misma cara que don Gumersindo — dijo Quico.
—
Como que es una saliva del general — añadió la portera —; no hay más que verlo
para sacar la parentela; pero ellas lo han negado por no recibirlo, porque lo
repugnan á usted.
Quico
se dió cuenta de lo sucedido, y concibió en seguida la diabólica idea de hacer
subir otra vez al provinciano y gozarse ante los apuros de Lelé y Fifí.
—
Usted sube ahora mismo conmigo, y yo le presento; traiga las alforjas, que yo
entraré con ellas. . .
—
No, señor, no — contestó serio y digno Romualdo —, no quiero que se avergüencen
de tener un pariente pobre; lo que sí agradeceré á ustedes es que digan á mi
cuñada que no venía á pedirle nada.
Y
salió en busca de posada, enjugándose una lágrima con el dorso de su mano
única.



